Miedo “Artículo publicado en la revista Crítica nº 977 de Enero-febrero 2011. Con el título: ¿Es el miedo una enfermedad?”. 

La finalidad de este artículo es facilitar al lector un enfoque general sobre una de las emociones más primitivas del mundo, el miedo. Desde su definición, pasando por sus funciones, y los autores que han estudiado sobre él.  A través de ellos hacer un recorrido por algunas corrientes.

El miedo, por lo que se sabe hasta hoy, es una de las emociones cuya función adaptativa ha ayudado a que la especie siga existiendo. Muchos de vosotros, os preguntaréis ¿El miedo adaptativo? Por supuesto, adaptativo y necesario.

Experimentar miedo ante un animal salvaje en plena selva, ha supuesto desde nuestros ancestros, un salvoconducto para preservar la vida. Convirtiéndose en una ventaja en el desarrollo de habilidades para la subsistencia.

Tener miedo en aquel momento, alertaba al cazador del peligro que corría. De esa forma poco a poco se fueron perfeccionando las tácticas para enfrentarse a ese peligro. Incluso en algunas ocasiones para la inevitable huida.

Y ¿qué relación hay entre la vida de nuestros antepasados y la que llevamos actualmente?. El mundo evoluciona cada segundo y van cambiando nuestras costumbres. Nuestro cuerpo sigue reaccionando de la misma forma ante los peligros. Hoy por hoy los miedos son muy diferentes a los de nuestros antecesores. Ya no nos preocupa el ataque de animales salvajes, o mantener el fuego encendido. Ahora nos ocupan otros tipos de miedos. Desde el miedo a enfrentarnos a un examen, a hacer el ridículo en una reunión o a no encontrar trabajo, además de un sin fin de temores, unos reales y otros infundados. Algunos lógicos y otros que nos provocan situaciones poco saludables. Llegando a frustrar muchas de las veces nuestros objetivos.

El miedo una emoción útil

El miedo es una de las emociones que acompaña al hombre en su andadura desde su nacimiento hasta el último de sus días. Existen un sin fin de miedos, al éxito, al fracaso, a vivir, a morir, al cambio, a la quietud, a la soledad, a la muchedumbre, a la enfermedad, al rechazo, al futuro, al lado oscuro. Y sobre todo a aquello que no conocemos.

En aquellos momentos en los que nos encontramos paralizados o perdidos en nuestro trabajo, con la familia o las relaciones personales, es natural, que detrás de esa inquietud paralizante, se esconda el miedo.

Además de los miedos que nos alertan del peligro real, como pueda ser un animal peligroso, un precipicio o un alerta de fuego, convivimos con miedos irreales o infundados. Que pueden llegar a perjudicar en gran medida nuestro día a día convirtiéndose en un obstáculo hacia el bienestar.

Pero, ¿Cuándo comienza a ser insano tener miedo?,

Comienza a no ser sano, cuando la reacción de miedo se experimenta de forma desmedida e inapropiada dificultando la vida cotidiana. El componente patológico da lugar a trastornos de ansiedad, llevando a la persona a desarrollar  fobias sociales. Dónde existe el miedo ante la exposición directa en la que podría ser evaluado por los demás, fobias específicas, miedo a situaciones u objetos concretos, o agorafobia. Es decir, el temor a espacios abiertos, dónde escapar puede resultar difícil en caso que aparezca las temidas crisis de angustia.

Los síntomas  producidos por este tipo de trastornos podrían llegar en algunos casos a confundirse con los síntomas físicos asociado a enfermedades de carácter circulatorio, gastrointestinales, músculo-esqueléticos, respiratorios o neurológicos.

En muchos casos, las fobias suelen asociarse a alguna experiencia traumática. Sin embargo, esto no siempre es así. Al igual que las experiencias traumáticas, no tienen por qué provocar siempre el desarrollo de una fobia.

¿Cómo experimenta nuestro cuerpo el miedo?

Ante cualquier peligro que nuestra mente detecte, ya sea real o infundado, nuestro cerebro envía señales de alerta. Provocando multitud de cambios fisiológicos en defensa del organismo:

El corazón aumenta su velocidad de latido haciendo llegar más sangre a los músculos y al cerebro. La pupila se dilata y existe una relajación del músculo ciliar. La sudoración aumenta. Existe una excitación de los esfínteres y multitud de cambios físicos que suceden como respuesta a ese peligro o pseudo-peligro. Consumiendo el cuerpo una enorme cantidad de energía en ese proceso.

¿Cuándo comenzamos a sentir  “miedo”?

Según varios estudios, durante el primer año son más frecuentes los miedos relacionados con estímulos intensos o desconocidos, como ruidos fuertes y personas extrañas. Hasta los seis años son comunes los relacionados con animales, tormentas, oscuridad, seres fantásticos como brujas o fantasmas, catástrofes y separación de los padres. A partir de los seis años aparece el miedo al daño físico, al ridículo y, posteriormente, a las enfermedades y accidentes, al bajo rendimiento escolar y a las desavenencias entre los padres. De los 12 a los 18 años predominan los miedos que tienen que ver con las relaciones interpersonales y la pérdida de la autoestima (Echeburúa, 1993; Méndez, Inglés e Hidalgo, 2003). Así, los temores de las personas van aumentando cuando ya son capaces de comunicarse con el habla, ya que el desarrollo cognitivo se modifica y los miedos a daños físicos se convierten en miedos de carácter social (Ramón y Cajal, 2009).

Desde que el ser humano inventara los primeros relatos orales de la historia hasta la actualidad, la literatura oral o escrita siempre ha estado ligada de forma implícita o explícita a los miedos de la humanidad.

El acto de escuchar, narrar, leer y escribir historias es un conjuro contra el miedo: miedo a crecer, morir, sufrir, ser abandonado o devorado; miedo a la ignorancia, al desconocimiento, al caos o a la locura.

No en vano, los cuentos de la tradición oral de todas las culturas y rincones del mundo nos hablan de personajes indefensos, perdidos, abandonados o asustados y de los depredadores y peligros que los acechan.

La literatura nace del miedo y actúa como un exorcismo contra el miedo; como advirtió León Felipe, “el miedo del hombre ha inventado todos los cuentos”.

El miedo y la ansiedad

quizá sean las emociones que han generado mayor cantidad de investigaciones y sobre las que se han desarrollado un arsenal de técnicas de intervención desde cualquier orientación teórica en psicología.

Se han realizado multitud de estudios relacionados con el miedo, y uno de los nexos de todos los estudios y escritos sobre el miedo, es su carácter de emoción adaptativa. Los budistas hablan de miedo positivo y constructivo a aquél que alienta la aspiración espiritual. Como por ejemplo, el miedo positivo de caer en la ignorancia, que se transforma en constructivo, al aspirar a la libertad cultivando la mente y el alma. Ocurre de igual forma cuando hablamos de miedos negativos que pueden tornarse destructivos. Como pueda ser una situación laboral en la que surja un miedo infundado. Realmente no habría nada que temer, indudablemente ese miedo negativo podría cambiar nuestro comportamiento en un tono defensivo, provocando realmente un conflicto.

Desde Platón, Aristóteles, pasando por Galeno, Darwin, Wundt, Watson, Freud y otros muchos autores de nuestro tiempo como Martin Seligman, han sentido curiosidad por el miedo.

Platón, en su obra el Laques o del valor, expone en el personaje de Sócrates la siguiente frase: “Creemos que las cosas temibles son las que inspiran miedo, y no temibles las que no le inspiran. El miedo no lo causan, ni las cosas sucedidas ya, ni las que en el acto suceden, sino las que se esperan; porque el miedo no es más que la idea de un mal inminente”.

Para Aristóteles

“lo que produce miedo no es para todos lo mismo, o lo que es igual, una misma cosa será más o menos terrible según quién la considere, e incluso será terrible por razones diferentes”.

Haciendo referencia a los cambios que experimenta el cuerpo ante el miedo, Galeno basándose en la tradición  hipocrática a la que unía pensamientos de Platón y Aristóteles, escribió, “Como la tristeza, el miedo provoca un reflujo del calor vital y de la sangre hacia el corazón, así como el correlativo enfriamiento periférico. Este movimiento es lento en la tristeza y rápido en el miedo: el calor vital vuelve entonces violentamente al corazón, donde se ahoga a sí mismo. Los efectos también son diferentes: la tristeza inmoviliza (estupor), el miedo hace temblar. Como este último deja sin calor vital al cerebro, centro de la razón, imposibilita cualquier juicio sensato”.

Charles Darwin, expone que “La expresión abierta de una emoción por medio de signos externos intensifica esa emoción (…) quien no controla los síntomas del miedo acaba experimentando un miedo aun mayor.”

Wundt conocido como el padre de la psicología, hizo distinciones entre las emociones esténicas (alegría, cólera) y las asténicas (grandes miedos o depresión) siendo las primeras de excitación y las segundas de parálisis inmediata.

Para Watson,

perteneciente a la corriente del conductismo, el miedo  es una de las emociones elementales junto con la rabia y el amor, que define partiendo de los estímulos ambientales que las provocan. Watson concluyó que las emociones, entre ellas, los miedos humanos, se aprenden por condicionamiento clásico y son transferidos a otras situaciones similares sin tener que repetir el condicionamiento original. Ratificó sus teorías con el famoso experimento del pequeño Albert.

Freud

En el psicoanálisis, Freud escribió sobre la ansiedad de la realidad, identificándola como miedo. Si un sujeto se encuentra en un pozo lleno de serpientes, experimentará miedo. Freud pensaba que la angustia se relaciona con el estado subjetivo abstraído de cualquier objeto, mientras que en el miedo la atención está dirigida precisamente hacia un objeto.

Freud, hablaba de dos tipos de miedos. El miedo real y el neurótico. En el primero, existe un peligro real, verdadero ante el cual, corre riesgo la integridad de la persona. Podemos decir, que es un miedo racional, que pone a la persona en alerta ante el peligro, y prepara al individuo para la huída. El otro miedo, es irracional. En el neurótico, el peligro no es real y no supone una amenaza para la vida. Es un miedo que se experimenta ante algo que no existe. Es por tanto una sensación revivida con la imaginación. La persona comienza a experimentar inseguridad. Su pensamiento va más allá, adelantándose a que pueda pasarle algo, pero no sabe ni qué le puede pasar ni qué es lo que le produce el miedo. Esta experiencia paraliza.

En la psicología positiva,

Martín Seligman en su teoría del temor preparado, sostiene que es más fácil aprender unos temores que otros. Seligman cree que estamos preparados por la evolución para desarrollar con facilidad temores a ciertos estímulos, como serpientes y arañas. Aunque es más probable que otros objetos comunes como
un martillo, un ventilador eléctrico, un enchufe, etc. causen dolor o daño, es menos probable que se desarrollen fobias por estos objetos, que por las arañas o serpientes.
El por qué de esto, según Seligman es, que estos estímulos representaban peligros en los inicios de la historia humana, y es la selección natural, la que los ha convertido estímulos condicionados muy efectivos.

Igual que aprendemos a tener miedo, podemos aprender a no tenerlo.

“El miedo es inherente en el ser humano, el objetivo no debería ser eliminar

el miedo, sino aprender a gestionarlo para convertirlo en éxito”. 

 

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